martes, 22 de marzo de 2011

Cita con el Leonismo

Burlas y mofas fueron el saldo de mi confesión. Cuando anuncié el tema de mi crónica final, una gira a Camuy con el Leonismo, mis compañeros y mi querido profesor -querido para que no se sienta mal- se echaron a reír. Aquel momento me hizo recordar las burlas que le propicié a mi amiga Mabel, como parte de mi ignorancia, cuando me dijo por primera vez, “Soy leona, me metí a un Club de Leones”.

Luego de una semana de espera, trabajos finales y residuos de burlas, llegó el día: domingo de misa y road trip. Antes de lanzarme al viaje, pautado para las siete de la mañana, la única mujer que logra descontrolar mis sentidos tan temprano, se antojó de un favor.

- Cómprame un jabón de lavar, dijo.
- Mami, no puedo… voy tarde, refunfuñé.
- Cómpralo te dije, balbuceó.

Después de sobrevivir ese rafagazo mañanero, supe que lo que venía no era fácil. Compré el jabón, y seguí en la mía. Media hora más tarde llegué al punto de encuentro: el estacionamiento del Banco Popular de Barrio Obrero.

Tal como lo esperaba, me recibió Doña Gaby con su flamante libreta amarilla. Ella, una señora mayor, humilde, ambiciosa y calculadora, no me preguntó quién era, ni qué quería. Sólo dijo, “son $20 pesos”. Ese fue el costo de un “paseo leonístico” y el precio de una nota. Se los di como quien no quiere la cosa y antes de poner el primer pie en aquella guagua, respiré hondo.

Al subir, miradas curiosas, sonrisas sosas, fruncidas de ceños e ignoradas, bombardearon mi cuerpo. A la gran acogida, se sumó una garata entre compañeras leonas, todo porque otra miembro del club que había cancelado el paseo anterior no vino tampoco a éste. El mundo es nuestra selva estremecida, dice el primer estribillo del himno del Club de Leones, y al parecer se lo toman muy literal. Destellos de malas palabras se oyeron en aquella trifulca, mientras los murmullos se confeccionaban en la parte de atrás del autobús, ese rincón usualmente caliente como una cocina y que esa mañana estaba helado. Hacía frío.

Ya acomodada en un lugar supuestamente estratégico, le pregunto a una compañera leona, como si sacara mi as bajo la manga:

- ¿Para dónde vamos? (En realidad sabía la respuesta, pero no esperaba su reacción prepotente)

- ¡Para Camuy!, contestó, mientras me regalaba una mirada por encima del hombro.

Me senté a su lado con la firme convicción de entablar conversación. Todo el tiempo me ignoró.

Doña Gaby continuaba en la acera, haciendo lo mejor que hace, cobrar dinero. Gaby lleva cuatro años como tesorera en el Club de Leones de Villa Palmeras, del Distrito 51-Este, y al parecer no piensa pasar la batuta. Minutos antes de arrancar, llegó un grupo de cinco personas, sinónimo de cien dólares adicionales.

Son las 8:28 y nos vamos. Una chicharra anunciaba la salida y la ruta, a la vez que dirigía un regaño a los ausentes. Para musicalizar el ambiente, el chofer, un calvo que vestía camisa amarilla, no se decidía entre Bob Marley o Monchi y Alexandra. Cuando al fin lo hizo, eligió una bachata religiosa, según él porque era el primer Domingo de Adviento. La canción se repitió entre 15 a 20 veces.

- Baja eso, a sonao’ la misma canción como 17 veces, gritaron de la parte de atrás de la guagua.

Hicimos la primera parada en la Avenida Roosevelt para recoger una leona. En total éramos 21 pasajeros. Los primeros 30 minutos de viaje no pasó nada interesante, salvo una rifa que tuve que comprar, y que la señora que al pricipio me contestó estrujao’, colocó a mi lado una bolsa plástica, de seguro para los vómitos.

Segunda parada: peaje de Toa Baja. El hambre atacó y las vejigas se descontrolaron. Me bajo para buscar algo que monchear en una maquinita y hacer una llamada.

- Mami, estoy viva. Todavía no me ha atacado en esta multitud de leones, jajaja.
- Anita, no vaciles. Hablamos después, dijo antes de colgar el teléfono.

Cuando regresé al colectivo, pasaron lista y el único nombre que mencionaron fue el mío. Como si aún estuviese en escuela elemental. Imagino que se debió al afán de facultar a las próximas generaciones. El Club de Leones plantea que los programas juveniles constituyen una inversión en el futuro y por ende, intentan captar la participación de los jóvenes… A eso le tengo miedo. Una amiga leona me lo advirtió…

Reanudamos el recorrido hasta nuestro destino final. Mientras releía unos papeles, me escondía del frío y sonreía con unas señoras, un gran merengue navideño quebrantó el silencio sepulcral que había allí. Pasamos cerca de Palo Seco y la playa de Levittown. En lo que unos charlaban y miraban los shoppers -buscando lo que se le quedó en la venta del madrugador- otros dormían, yo observaba y una señora regalaba galletas Ritz. Una verdadera leona: conocía el significado de compartir, una de los valores más importantes del Leonismo Internacional, movimiento que llegó a Puerto Rico en el 1936. En ese momento la Isla pasó a convertirse en el décimo país en el mundo en tener Leonismo. Esta organización era exclusivamente para hombres hasta el 1987 cuando la Asociación Internacional de Leonismo aprueba el ingreso de damas a los clubes.

Ya terminado el repertorio de canciones navideñas –desde Temporal, temporal hastaTanta vanidad, tanta hipocresía- hicimos la tercera parada: El Buen Café en Hatillo. Aentro, los 21 miembros se disiparon y cada cual tomó su rumbo. Para mi sorpresa, en la mesa próxima a la mía comía un grupo de siete, eran familia y todos leones. Los leones de la selva son animales especialmente sociales en comparación con otros felinos. Estos, por su parte hablaban de todo. De los pastelillos de La Bodega, de las alcapurrias, del leonismo, los gobernadores, senadores, legisladores y sopla potes… hasta de los personajes de El Chavo del 8. En personajes se convirtieron Juan y una señora con estilo madrileño. Por cierto, nunca supe el nombre.

La madrileña, como le bauticé, vestía chaqueta rojiza, botas, gafas y pantalón marrón. Se distinguió por su acento español y lo puro de su vocablo. Chaval y endulzador artificial, fueron algunas de las palabras que pronunció a viva voz. No sé si lo hacía por eso de ser domingo, pero de que tenía gran uso de las palabrasdomingueras, lo tenía.

- Yo sería feliz con café y cigarrillos, expresó con firmeza, mientras añoraba regresar a la Madre Patria.

El compañero león Juan, aunque es invidente, goza de gran sentido del humor. Bromea con todo y sus chistes más frecuente carecen de un sentido, pues tienen dos. A la mayoría de sus compañeras leonas les incomoda esa socarronería. La única que logra un poco de control sobre él es su esposa Sandra. Ella sabe verdaderamente cuál es su función en el leonismo: domadora. Las domadoras son las esposas de los socios que no están iniciadas en los clubes.

Los clubes hacen sus actividades sociales de servicio comunitario con fondos que son aportados por ellos mismos o en actividades de recaudación. Actualmente, existen 124 en la Isla, lo que equivale a 20,000 socios. En el leonismo hay de todo… hasta cachorros.

Salimos de El Buen Café y nos dirigimos a Camuy. Después de cuarenta minutos de viaje llegamos al final del camino: El Potrero y Cafetería Brisas del Mar. Aquí cada cual tomó por su lado como de costumbre. Tuvimos que llegar a Camuy para que Alejandrina, compañera leona, me invitara a compartir su mesa.

Luego del acercamiento de Doña Alejandrina, recibí otra invitación. Esta vez para un paseo en trolley. Acepté. Y para mi suerte, pagaron el boleto. El recorrido se resumió en 15 minutos, nada más allá que casas, posas, áreas verdes y un flamingo. De regreso al potrero, se contabilizaban las ganancias del viaje, se cuadraban los números de la rifa, mientras los leones que quedaron saciaron el hambre. Como dice un amigo: “Es que pican más que cuchillito e’ cumpleaños.”

Pasado el tiempo llegó la orquesta invitada, y rápidamente montaron los instrumentos. Reafirmaban su puertorriqueñidad con un par de congas con la monoestrrellada. Los cuatro integrantes vestían de negro como mimos. Pasados 12 minutos no pasó nada cautivador, más de lo mismo. Música mezclada, movimiento comercial, empleados cargando cajas, cajeras cobrando, gente hablando. En eso llegaron las familias, los vecinos, los perros, el guacamayo, los dueños, los hombres solteros y las milfs… Los motoristas con sus habituales guantes de cuero, gorras oscuras, gafas negras –de esas que dicen “soy malo”, el peculiar bigote –bien machote-, no podían faltar. Miraban sus motoras Harley-Davidson con gran admiración. En ese momento no me fue difícil reconocer la buena música de fondo: “Quien te dijo a ti, que yo. Por siempre, seré para ti”, cantaba Ismael Rivera.

Entre el 1 2 3 probando y el bullicio de la gente, empezó el jolgorio. La música subió de volumen y la pista de baile se alumbró con los movimientos pélvicos de una pareja de bailarines del club de leones: Sandra la domadora y su compañero de pista, camarada que mantenía un parecido con el Caballo Negro, Johnny Ventura. Ambos hijos de la misma patria. Igual que Juan, el esposo de Sandra, este ‘león negro’ llamado Stanley, es invidente. Ellos reafirman el compromiso del Leonismo en Puerto Rico con el Banco de Ojos, la única institución en la Isla que provee córneas para trasplantes.

Después de la magnífica coreografía de Sandra y Stanley, llegó el momento de anunciar el ganador de la rifa. Por mi mala suerte, me quedé con las ganas. El baile, el sorteo y la llegada de un ángel salvador, le pusieron fin al pasadía leonístico en el norte del País. Eran las cinco de la tarde, es hora de irnos.

El viaje de regreso era largo, pero por fortuna no retorno con ellas a casa. Mi gran amiga Mabel me rescató. Luego de 9 horas y media con el Club de Leones de Villa Palmeras pensaré bien con el paso del tiempo, si presenciar la Semana Familiar del Leonismo. Y de hecho, son muchos los que se quedarán con las ganas de verme repartiendo comida en la Plaza Barceló de Barrio Obrero con el chalequito amarillo puesto. Pero como dicen por ahí: “lo último que se pierde es la esperanza”.

viernes, 25 de febrero de 2011

Puerto Rico y República Dominicana: alas de un mismo pájaro

Empezó la última semana de febrero con aires de fiestas y movimiento de júbilo. Se acercaba el día 27 que equivale a la celebración de Independencia de República Dominicana. Momentos antes por azares del destino volvió a su esquina “El Chivo”, un dominicano que vivía en la Isla y era el máximo líder de la calle 15, esquina Borinquen.

Todos conocen al Chivo, a lo que se dedicaba y su función. Es fácil reconocerlo. Es un hombre alto, trigueño, fiestero, siempre anda bien vestido, y tiene un tono de voz inconfundible. Pasan meses que no viene a esa esquina que entre otras cosas ha sido casa, su espacio, hasta el punto de pasar borracheras tirado en el suelo. Pero cuando llega a ese lugar es evidente su presencia. Se deja sentir. “Llegó El Chivo”, se escucha decir por la mayoría de los bares que componen la Borinquen, en especial la Plaza Barceló.


Cada visita suya es un evento nuevo. Por sorpresa este año coincide con la fiesta anual “Enlace entre Quisqueya y Borinquen: dos pueblos que cantan y bailan”, una festividad en la que resaltan la importancia en la unión entre los dos países, que según los organizadores ‘son alas de un mismo pájaro’.

Ya es lunes, los alrededores de la plaza son pintados con el afán de ocultar el sucio que se acumuló todo un año para estos días, las tarimas están en proceso y los ánimos de “gozadera” se sienten. Por lo que me contó mami las “fiestas de la Placita”, como se le conoce popularmente entre las personas que asisten a ellas se celebraban en la última semana de febrero, bajo la semana dominica, posteriormente se simplifico a tres días y este año por primera vez, al parecer van por dos.

Es todo un festín de bachata y merengue. Carros de pizzas y piñas coladas rodean la plaza. Las bebidas alcohólicas hacen de las suyas. Los muchachitos brincan, saltan, corren, gritan, lloran, se pierden y los suben a la tarima. Todos los años es el mismo ambiente, claro sin dejar fuera los corre y corre, las botellas al aire, los ‘corillitos’ de chamaquitos con riñas, las nenas bien emperifolladas y la masa dominicana disfrutando su fiesta.

Bailes folclóricos, perico ripiao’, habichuelas con dulces, banderas tricolores, cartelones con saludos personales, sillas plásticas, mujeres con camisas cortas, quioscos de comida típica, refrigerios y mucha algarabía son los encargados de encender a Barrio Obrero por dos días. Dos días intensos. En los que por mi cercanía al lugar del encuentro no podré dormir.

Este año no asistiré, no porque no quiera sino por las tantas veces que me obligaron. Hay cosas que no se pueden borrar y mis raíces dominicanas, ni con ‘liquid paper’. Es un orgullo que se celebre la liberación dominicana. Es un orgullo que los dominicanos tengan su espacio para la libre expresión aunque hipócritamente nos queramos convencer de que no existe xenofobia hacia este sector. Cuando en realidad la hay.

Me crié en esto, en la diáspora dominico-puertorriqueña. Soy hija de dos pedazos de tierras similares. Soy producto de la mezcla de dos naciones, entre otras cosas podría ser ese pájaro de dos alas.

Desde la altura de mi casa, al igual que El Chivo gritaré: “Pónme la música coño.”

jueves, 27 de enero de 2011

Sin destino: en busca de un hogar

Hace poco leí una carta virtual de una persona que no conozco, pero que con la distancia de por medio se ganó mi respeto. Hasta el punto de “imitarla”. Hoy como ella escribo una carta de desahogo. No tiene destinatario pero sí remitente. Los que conocen saben que no hayo mejor forma de expresión que me abarque tanto como escribir. Hoy pasaré por alto la careta de periodista que siempre me acompaña. Volveré a mis raíces: el sentimiento. Cuando me inicié como escritora de pacotilla, y mala aficionada, lo hice sin pensar en la retroalimentación que eso me podía traer, las buenas y malas críticas que podía recibir. Simplemente, me desahogué y viví. No viví sola, por sorpresa una buena cantidad de amistades también sintieron esa misma experiencia; que al igual que yo no sabían cómo expresar.


En aquel tiempo escribía para un amor clandestino, para un sentimiento que nacía pero que poco a poco se destinaba a fracasar… a caducar. Llegó un momento de mi vida en el que dejé de escribir para mí y me olvide de dejarme sentir, de vivir, de sacar el “dulce veneno”, de amarme… de plasmarme. Pero como todo, hoy regreso a la vida. Nunca por mi mente ha pasado la posibilidad de parecerme a Guillén ni mucho menos a Neruda, sin embargo aseguro que tenemos algo en común: la intensidad de amar. De amar al amor, de amar a la vida. Ellos fueron grandes poetas, yo simplemente una estudiante de periodismo; con hambre de mundo y sed de amor.


Al definirme como persona me gusta ser meticulosa no me gusta entrar en egocentrismos. Soy una mujer fuerte, luchadora, inteligente, que se entrega. No me gusta la hipocresía, ni las mentiras. No sé cómo decir las cosas, no tengo tacto. Soy media objetiva, siempre clara, muy sincera. No tolero la gente metiche, bochinchera, envidiosa, soberbia, codiciosa. No hay pecado capital que me defina, quiero ser tan perfeccionista que me cuesta trabajo conocer la perfección. Me encanta amar, pero no logro que me amen como deseo. Soy intensa, una romántica empedernida, algo coqueta, juguetona… jaquetona. Malcriada, dedicada, buena amiga. Expresiva y celosa. Tengo mal carácter cuando quiero.


No olvido con facilidad, aunque confieso que dejé de ser rencorosa. Soy un ser imperfecto, con más defectos que virtudes. Suelo ser sentimental en la oscuridad, a solas. No demuestro sentimiento de tristeza pero se me sale por los poros cuando me siento así. Siempre sonrió. Amo mi vida, creo que sentí amor una vez en mi vida por una persona. Tengo los mejores amigos del mundo. Dios me regaló las mejores mujeres del mundo, mis amigas… las adoro. Mi vida no sería la misma sin ellas. Más que mis amigas son mis hermanas, mis cómplices… ellas sabes quienes son. . A mis amigas les digo que sean mujeres de bien, no se dejen joder la vida por nadie.


Entre mis gustos se pasean: comer hielo, cantar en voz alta, apreciar la belleza, leer, hablar, mirar, escuchar, textear, el mantecado, el bizcocho, el agua, besar, abrazar, sentir el calor de un hombre, las fotos, el arroz blanco y el pollo guisado. Amo la originalidad, soy auténtica, única, exótica, exquisita. Amo la literatura y lo que representa. La poesía fluye como agua en un río. Soy intensa, confieso ser mala para seducir. Amo el violeta, el arcoíris y lo que representa.

Hoy siento la necesidad de querer a alguien y cuando al fin creo que lo encuentro, nos parecemos tanto que creamos fricción. Somos como un hiato, dos fuertes. Me encanta que seamos parecidos, pero odio que me reten. Me gustaba que me desafiaras, que me alabaras, que me dejaras caer, que me tomaras en consideración, las migajas de cariño, que te preocuparas por mi aunque vivías para ti. Me gustaba que te dejaras sentir, que tomaras la iniciativa…sobre todo tu olor, tu perfume. Me gusta el sentido común que tienes, el amor de hacia tu madre –eso me dijo mucho de ti-. No funcionará, no funcionó pero llegamos hasta aquí, vivos y separados. Siempre es mejor preservar un gran amigo que ganar un mal amor. Esto no tiene destinatario, es una carta abierta, una especie de convocatoria. No te tienes que identificar, pero quiero que entiendas que es para ti, no quieres nada pero lo quieres todo. Voy a ti…confío. Esto no es para ti, es para mí, para mi persona.


Ya casi la termino y sigue siendo una carta sin destinatario… todavía continua en la busca de un hogar.

Momento

Son las 12:27 de la mañana y mis latidos aún te pertenecen. Cada mirada tuya me hace perderme en mi propio mundo. Mundo que se derrumba cuando abandonas nuestra intimidad. Intimidad en la que nos unimos para crear un solo espacio. Espacio que se hace diminuto para la intensidad del momento. Momento que se resume en nosotros. Nosotros, somos el momento.


Cada gota de sudor que resbala sobre tu pecho delinea el borde de mis sueños. Sueños que se danzan en el vaivén de tus entrañas. Entrañas que logran las miradas maliciosas que te regalo. Tú… el regalo.


Realiza encima un acto simbólico que defina la humanidad.

Cobíjame tiernamente en tus brazos.

Introdúcete.

Acaricia mis sentidos.

Desnuda mi alma.

Ensaya sobre mi piel.

Arrópate de sudor.

Enciende la hoguera.

Quema el momento.

martes, 9 de noviembre de 2010

Soledad poco atormentadora

Con el verso: “Yo me levanto por la mañana, me doy un baño y me perfumo, me como un buen desayuno y no hago más na', más na'”, de El Gran Combo inicia su día José Romero Álvarez. No trabaja, no paga casa, sólo duerme, come y corre bicicleta. Él se describe como “propietario del parking mío”, trabajo que sólo le genera ganancias los fines de semana cuando hay jangueo en Isla Verde. Alrededor de ocho a diez carros ocupan el espacio que cobra a $5.00. Cuando no, colabora con los restaurantes del área, pero nada formal.

Cambiamos de escenario, gracias las lloviznas que nos impidieron terminar lo empezado con el cielo oscuro de techo. Terminamos en las entrañas de un Pollo Tropical. No tiene preocupaciones en la mente, no tiene familia a la que mantener y nada que lo atormente. Durante 19 años trabajó como vendedor de autos para la Volvo. Es padre de siete hombres, de los cuales le mataron dos, “porque estaban metíos en cosas malas, eran muchachos jóvenes”. A la interrogante de qué si les enseñó eso, respondió, “es que yo no vivía con ellos de lleno y cuando uno nos los cría…”. Pensamiento abierto. Nunca tuvo hembras, sus hijos no se conocen. Conducta que heredó de su padre quien solía tener hijos fuera de matrimonio y no los presentaba como hermanos. Su matrimonio duró 27 años. Su sonrisa se nubló, mientras sus ojos cambiaron el brillo. Cada palabra que pronunció estaba invadida de melancolía y sentimiento. Hasta el punto de sufrí al momento. Su vida matrimonial fue una normal. De la casa al trabajo y del trabajo a la casa.

No ver para no recordar. En eso se ha convertido la existencia de Romero, como se le conoce popularmente. No ver su hijo, el segundo, el que él autodenomina como “su favorito” conlleva no recordar el único amor de su vida, su esposa. Ella, Gloria María Rosario Villegas murió de cáncer de seno y diabetes. Enfermedad que lo marcó por el resto se vida. Hoy por hoy se siente culpable de “acelerarle la muerte”.

“Me siento culpable, uno (él) aportó al desarrollo de la enfermedad, aunque ya lo superé,” confesó. El cargo de conciencia y el remordimiento constantemente afectan su vivir, no sin antes asegurar jocosamente que duerme bien, come bien, y es candidato para cualquier mujer. No está en su mente rehacer su vida, tiene la inquietud pero no la necesidad.

Al escucharlo hablar da la impresión de un hombre con basto conocimiento de la lengua, habla con elocuencia y seguridad. De repente me pareció a escuchar a José Francisco Peña Gómez, el famoso abogado y político dominicano. Sin dejar fuera que físicamente tienen un parecido, claro, sin la elegancia de Peña Gómez al vestir.

Romero, es un hombre humilde, siempre con pantalones cortos, tenis, camisa de rayas y su habitual gorra crema que lo distingue de cualquiera que crea poder imitarlo. Montado en su compañía fiel, su bicicleta, recorre diariamente las calles de Llorens, y la Avenida Isla Verde con la convicción de olvidar lo que un día lo atormentó. Paseos que lo ayudan a no sentirse solo y despejar la mente de lo que es convierten en recuerdos. El momento cambio de color, justo cuando reflexionó de lo que habla y de lo que no, y de con quién lo habla.

Según él, no había hablado del tema tan profundamente como conmigo, no sin antes dejar claro que lo dialoga brevemente con los demás. Acción que justifica con poco interés, se plantea que en la vida hay personas con más problemas que uno, que realmente sí necesitan ayuda.

Una de sus múltiples cualidades es la medicina. Es doctor. Recientemente se dio una caída de su bicicleta que le dejo una cicatriz en la cara, cerca del ojo derecho. Herida que se curó con el poder milagroso de la sal. Sobrevivió por obra y gracias del Espíritu Santo a una puñalada en el pecho que le propicio uno de sus amores clandestino. Puñalada que le reveló el soplo en el corazón lo cual provoco una operación a corazón abierto, con tan sólo 40 años.

Vive solo y se siente como tal. Herida que nunca ha podido sanar fue la muerte de su esposa, aunque le queda como consuelo el haberle cumplido su ‘último deseo: entregarle el niño a su abuela materna. Con el tiempo cayó en una depresión que lo convirtió en usuario de drogas.

-“¿Qué si usé drogas?, la droga no me ha usao’ a mí. Pero me quité, dime qué droga es buena (…) la única droga buena es la mujer”, sostuvo.

Con ese fallecimiento se fue todo para él. Vendió la casa. “La casa está bien pesá, se murió la dueña se murió la casa”, recordó.

Su sentido del humor, su jocosidad, sus comentarios sanos pero con doble sentido construyó lo que es hoy. No se inmuta por nada, la soledad no le afecta y los recuerdos ya no le trabajan. Sin duda es un hombre importante, se cuida él y cuida los demás.

“Yo lo que tengo en la mente es ir pa’ casa, dormir, pero me siento bien. ¿Terminamos?”, concluyó.

Entre el sueño y Romero, se encargaron de dar por terminada la entrevista. No sin antes invitarme voluntariamente a otra sección, pero hablar de Playita. El afán de ser solidario lo conmovió acompañarme a mi guarida.

Tal como el principio me hizo recordar El Gran Combo. “¡Ay!, cuando se me pega el sueño, enseguidita me voy a acostar, y duermo hasta por la mañana y no hago más na', más na'”.

martes, 19 de octubre de 2010

Caravana

El estribillo de “Qué locura fue enamorarme de ti” de Eddie Santiago, fue lo que me recibió aquel sábado cuando disponía almorzar en El Pocito en compañía de mi madre. Hacía tiempo que mis oídos no gozaban y los labios no temblaban al escucharla.

De camino a la mesa me topé con Millie. Vestida de negro y peinada con una peluca a la altura de la barbilla. Movía sus manos como alabando a un ser supremo, mientras bailaba sensualmente sobre una silla que gritaba poco a poco su colapso. Cinco sillas más atrás estaba la alemana con su acostumbrada ropa blanca y el tilaka presente. Un tul en la cabeza parecido un nido escoltaba su afanada labia que atacaba levemente a un pobre hombre de gorro gris. El mismo me miró cuando pasé. No fue el único.

Entrar al Pocito más que un vía crucis es una caravana. Todos me saludan, y ay de mi si no les contesto. Se me pegó la alemana a preguntarme lo mismo de todas las semanas:

- ¿Cómo estás, negra?

- Bien y usted.

- ¿Cuándo te gradúas? – cuestionó

- Ya mismo. – contesté, mientras le regalaba señales al cocinero, para que zumbara la orden de tostones con pollo frito.

Cocinero que en vez de descifrar el mensaje, lo entendió como un saludo. Asumo que lo debo corresponder por el hecho de ver crecer la barriga de mi madre hace 20 años y pal’ de meses. Fue correspondido con una sonrisa.

De fondo, detrás de los murmullos me deleitaba de una salsa del gran Maelo, mientras monumentales platos gastronómicos desfilaban por mis narices sin detenerse en mi guarida. Diez minutos más tardes llegó la comida. Caliente.

El silencio se apoderó de la mesa varios minutos. Hasta que una voz frente a mí pronunció:

- ¡Me gusta venir aquí!, era mami.

- ¡Y a mí! ... ¿Luisito, cuánto te debo?

martes, 12 de octubre de 2010

Chequi, chequi, chequi

Eran 2:47 p.m. de otro 12 de octubre que después de varios años entendí que se celebraba. Vestida de negro como si guardase un luto ajeno cargando un coco que se me fue obsequiado. Me monto en el transporte público y para mi sorpresa el chofer, tras de ser nuevo era joven. Se veía fresco, como modelo de Proactiv. Habían como cuatro personas allá dentro.

Uno de ellos llamó mi atención. Era una mujer entre 40 a 45 años. Pero su apariencia física gritaba lo contrario, su comportamiento aseguraba lo anterior. Vestida como florero de mesa azul y rosada. Su pelo lacio y amarillo reflejaba un evidente crecimiento.

Más adelante en la calle Tapia mientras leí un texto asignado, se armó de valor y vocifero:

-¿Cómo estás?

A una pasajera que ardía en el fogón de la cocina. Todo el tiempo fue una “conversación lineal” con derecho a interferencia. Los pelos alborotados se elevaban por cada grito de aquella rubia.

Preguntó nuevamente:

-¿Estás bien? Al compás del palo de metal que bailaba en su mano izquierda.

Toda aquella muchedumbre se tragaba las sonrisas como una medicina de mal gusto. Llegó al clímax:

-¿Y Carmen? ¿Está bien?

-¡Sí!, respondían desde atrás en tono bochornoso.

Silencio total.

Intercambiamos miradas y me dio a entender que debía sacar papel y lápiz. Con una mirada confesó silenciosamente que deseaba ser la próxima protagonista.

Llegamos a Barrio Obrero y cerró el telón, le regaló la espalda a todo su público, los mismos que la vieron gritar por última vez.

¡Chequi, chequi, chequi!, ese famoso canto infantil.

Cogí mi coco y me fui.