
viernes, 25 de febrero de 2011
Puerto Rico y República Dominicana: alas de un mismo pájaro

jueves, 27 de enero de 2011
Sin destino: en busca de un hogar
Hace poco leí una carta virtual de una persona que no conozco, pero que con la distancia de por medio se ganó mi respeto. Hasta el punto de “imitarla”. Hoy como ella escribo una carta de desahogo. No tiene destinatario pero sí remitente. Los que conocen saben que no hayo mejor forma de expresión que me abarque tanto como escribir. Hoy pasaré por alto la careta de periodista que siempre me acompaña. Volveré a mis raíces: el sentimiento. Cuando me inicié como escritora de pacotilla, y mala aficionada, lo hice sin pensar en la retroalimentación que eso me podía traer, las buenas y malas críticas que podía recibir. Simplemente, me desahogué y viví. No viví sola, por sorpresa una buena cantidad de amistades también sintieron esa misma experiencia; que al igual que yo no sabían cómo expresar.
En aquel tiempo escribía para un amor clandestino, para un sentimiento que nacía pero que poco a poco se destinaba a fracasar… a caducar. Llegó un momento de mi vida en el que dejé de escribir para mí y me olvide de dejarme sentir, de vivir, de sacar el “dulce veneno”, de amarme… de plasmarme. Pero como todo, hoy regreso a la vida. Nunca por mi mente ha pasado la posibilidad de parecerme a Guillén ni mucho menos a Neruda, sin embargo aseguro que tenemos algo en común: la intensidad de amar. De amar al amor, de amar a la vida. Ellos fueron grandes poetas, yo simplemente una estudiante de periodismo; con hambre de mundo y sed de amor.
Al definirme como persona me gusta ser meticulosa no me gusta entrar en egocentrismos. Soy una mujer fuerte, luchadora, inteligente, que se entrega. No me gusta la hipocresía, ni las mentiras. No sé cómo decir las cosas, no tengo tacto. Soy media objetiva, siempre clara, muy sincera. No tolero la gente metiche, bochinchera, envidiosa, soberbia, codiciosa. No hay pecado capital que me defina, quiero ser tan perfeccionista que me cuesta trabajo conocer la perfección. Me encanta amar, pero no logro que me amen como deseo. Soy intensa, una romántica empedernida, algo coqueta, juguetona… jaquetona. Malcriada, dedicada, buena amiga. Expresiva y celosa. Tengo mal carácter cuando quiero.
No olvido con facilidad, aunque confieso que dejé de ser rencorosa. Soy un ser imperfecto, con más defectos que virtudes. Suelo ser sentimental en la oscuridad, a solas. No demuestro sentimiento de tristeza pero se me sale por los poros cuando me siento así. Siempre sonrió. Amo mi vida, creo que sentí amor una vez en mi vida por una persona. Tengo los mejores amigos del mundo. Dios me regaló las mejores mujeres del mundo, mis amigas… las adoro. Mi vida no sería la misma sin ellas. Más que mis amigas son mis hermanas, mis cómplices… ellas sabes quienes son. . A mis amigas les digo que sean mujeres de bien, no se dejen joder la vida por nadie.
Entre mis gustos se pasean: comer hielo, cantar en voz alta, apreciar la belleza, leer, hablar, mirar, escuchar, textear, el mantecado, el bizcocho, el agua, besar, abrazar, sentir el calor de un hombre, las fotos, el arroz blanco y el pollo guisado. Amo la originalidad, soy auténtica, única, exótica, exquisita. Amo la literatura y lo que representa. La poesía fluye como agua en un río. Soy intensa, confieso ser mala para seducir. Amo el violeta, el arcoíris y lo que representa.
Hoy siento la necesidad de querer a alguien y cuando al fin creo que lo encuentro, nos parecemos tanto que creamos fricción. Somos como un hiato, dos fuertes. Me encanta que seamos parecidos, pero odio que me reten. Me gustaba que me desafiaras, que me alabaras, que me dejaras caer, que me tomaras en consideración, las migajas de cariño, que te preocuparas por mi aunque vivías para ti. Me gustaba que te dejaras sentir, que tomaras la iniciativa…sobre todo tu olor, tu perfume. Me gusta el sentido común que tienes, el amor de hacia tu madre –eso me dijo mucho de ti-. No funcionará, no funcionó pero llegamos hasta aquí, vivos y separados. Siempre es mejor preservar un gran amigo que ganar un mal amor. Esto no tiene destinatario, es una carta abierta, una especie de convocatoria. No te tienes que identificar, pero quiero que entiendas que es para ti, no quieres nada pero lo quieres todo. Voy a ti…confío. Esto no es para ti, es para mí, para mi persona.
Ya casi la termino y sigue siendo una carta sin destinatario… todavía continua en la busca de un hogar.
Momento
Son las 12:27 de la mañana y mis latidos aún te pertenecen. Cada mirada tuya me hace perderme en mi propio mundo. Mundo que se derrumba cuando abandonas nuestra intimidad. Intimidad en la que nos unimos para crear un solo espacio. Espacio que se hace diminuto para la intensidad del momento. Momento que se resume en nosotros. Nosotros, somos el momento.
Cada gota de sudor que resbala sobre tu pecho delinea el borde de mis sueños. Sueños que se danzan en el vaivén de tus entrañas. Entrañas que logran las miradas maliciosas que te regalo. Tú… el regalo.
Realiza encima un acto simbólico que defina la humanidad.
Cobíjame tiernamente en tus brazos.
Introdúcete.
Acaricia mis sentidos.
Desnuda mi alma.
Ensaya sobre mi piel.
Arrópate de sudor.
Enciende la hoguera.
Quema el momento.
martes, 9 de noviembre de 2010
Soledad poco atormentadora
Cambiamos de escenario, gracias las lloviznas que nos impidieron terminar lo empezado con el cielo oscuro de techo. Terminamos en las entrañas de un Pollo Tropical. No tiene preocupaciones en la mente, no tiene familia a la que mantener y nada que lo atormente. Durante 19 años trabajó como vendedor de autos para la Volvo. Es padre de siete hombres, de los cuales le mataron dos, “porque estaban metíos en cosas malas, eran muchachos jóvenes”. A la interrogante de qué si les enseñó eso, respondió, “es que yo no vivía con ellos de lleno y cuando uno nos los cría…”. Pensamiento abierto. Nunca tuvo hembras, sus hijos no se conocen. Conducta que heredó de su padre quien solía tener hijos fuera de matrimonio y no los presentaba como hermanos. Su matrimonio duró 27 años. Su sonrisa se nubló, mientras sus ojos cambiaron el brillo. Cada palabra que pronunció estaba invadida de melancolía y sentimiento. Hasta el punto de sufrí al momento. Su vida matrimonial fue una normal. De la casa al trabajo y del trabajo a la casa.
No ver para no recordar. En eso se ha convertido la existencia de Romero, como se le conoce popularmente. No ver su hijo, el segundo, el que él autodenomina como “su favorito” conlleva no recordar el único amor de su vida, su esposa. Ella, Gloria María Rosario Villegas murió de cáncer de seno y diabetes. Enfermedad que lo marcó por el resto se vida. Hoy por hoy se siente culpable de “acelerarle la muerte”.
“Me siento culpable, uno (él) aportó al desarrollo de la enfermedad, aunque ya lo superé,” confesó. El cargo de conciencia y el remordimiento constantemente afectan su vivir, no sin antes asegurar jocosamente que duerme bien, come bien, y es candidato para cualquier mujer. No está en su mente rehacer su vida, tiene la inquietud pero no la necesidad.
Al escucharlo hablar da la impresión de un hombre con basto conocimiento de la lengua, habla con elocuencia y seguridad. De repente me pareció a escuchar a José Francisco Peña Gómez, el famoso abogado y político dominicano. Sin dejar fuera que físicamente tienen un parecido, claro, sin la elegancia de Peña Gómez al vestir.
Romero, es un hombre humilde, siempre con pantalones cortos, tenis, camisa de rayas y su habitual gorra crema que lo distingue de cualquiera que crea poder imitarlo. Montado en su compañía fiel, su bicicleta, recorre diariamente las calles de Llorens, y la Avenida Isla Verde con la convicción de olvidar lo que un día lo atormentó. Paseos que lo ayudan a no sentirse solo y despejar la mente de lo que es convierten en recuerdos. El momento cambio de color, justo cuando reflexionó de lo que habla y de lo que no, y de con quién lo habla.
Según él, no había hablado del tema tan profundamente como conmigo, no sin antes dejar claro que lo dialoga brevemente con los demás. Acción que justifica con poco interés, se plantea que en la vida hay personas con más problemas que uno, que realmente sí necesitan ayuda.
Una de sus múltiples cualidades es la medicina. Es doctor. Recientemente se dio una caída de su bicicleta que le dejo una cicatriz en la cara, cerca del ojo derecho. Herida que se curó con el poder milagroso de la sal. Sobrevivió por obra y gracias del Espíritu Santo a una puñalada en el pecho que le propicio uno de sus amores clandestino. Puñalada que le reveló el soplo en el corazón lo cual provoco una operación a corazón abierto, con tan sólo 40 años.
Vive solo y se siente como tal. Herida que nunca ha podido sanar fue la muerte de su esposa, aunque le queda como consuelo el haberle cumplido su ‘último deseo: entregarle el niño a su abuela materna. Con el tiempo cayó en una depresión que lo convirtió en usuario de drogas.
-“¿Qué si usé drogas?, la droga no me ha usao’ a mí. Pero me quité, dime qué droga es buena (…) la única droga buena es la mujer”, sostuvo.
Con ese fallecimiento se fue todo para él. Vendió la casa. “La casa está bien pesá, se murió la dueña se murió la casa”, recordó.
Su sentido del humor, su jocosidad, sus comentarios sanos pero con doble sentido construyó lo que es hoy. No se inmuta por nada, la soledad no le afecta y los recuerdos ya no le trabajan. Sin duda es un hombre importante, se cuida él y cuida los demás.
“Yo lo que tengo en la mente es ir pa’ casa, dormir, pero me siento bien. ¿Terminamos?”, concluyó.
Entre el sueño y Romero, se encargaron de dar por terminada la entrevista. No sin antes invitarme voluntariamente a otra sección, pero hablar de Playita. El afán de ser solidario lo conmovió acompañarme a mi guarida.
Tal como el principio me hizo recordar El Gran Combo. “¡Ay!, cuando se me pega el sueño, enseguidita me voy a acostar, y duermo hasta por la mañana y no hago más na', más na'”.
martes, 19 de octubre de 2010
Caravana
El estribillo de “Qué locura fue enamorarme de ti” de Eddie Santiago, fue lo que me recibió aquel sábado cuando disponía almorzar en El Pocito en compañía de mi madre. Hacía tiempo que mis oídos no gozaban y los labios no temblaban al escucharla.
De camino a la mesa me topé con Millie. Vestida de negro y peinada con una peluca a la altura de la barbilla. Movía sus manos como alabando a un ser supremo, mientras bailaba sensualmente sobre una silla que gritaba poco a poco su colapso. Cinco sillas más atrás estaba la alemana con su acostumbrada ropa blanca y el tilaka presente. Un tul en la cabeza parecido un nido escoltaba su afanada labia que atacaba levemente a un pobre hombre de gorro gris. El mismo me miró cuando pasé. No fue el único.
Entrar al Pocito más que un vía crucis es una caravana. Todos me saludan, y ay de mi si no les contesto. Se me pegó la alemana a preguntarme lo mismo de todas las semanas:
- ¿Cómo estás, negra?
- Bien y usted.
- ¿Cuándo te gradúas? – cuestionó
- Ya mismo. – contesté, mientras le regalaba señales al cocinero, para que zumbara la orden de tostones con pollo frito.
Cocinero que en vez de descifrar el mensaje, lo entendió como un saludo. Asumo que lo debo corresponder por el hecho de ver crecer la barriga de mi madre hace 20 años y pal’ de meses. Fue correspondido con una sonrisa.
De fondo, detrás de los murmullos me deleitaba de una salsa del gran Maelo, mientras monumentales platos gastronómicos desfilaban por mis narices sin detenerse en mi guarida. Diez minutos más tardes llegó la comida. Caliente.
El silencio se apoderó de la mesa varios minutos. Hasta que una voz frente a mí pronunció:
- ¡Me gusta venir aquí!, era mami.
- ¡Y a mí! ... ¿Luisito, cuánto te debo?
martes, 12 de octubre de 2010
Chequi, chequi, chequi
Eran 2:47 p.m. de otro 12 de octubre que después de varios años entendí que se celebraba. Vestida de negro como si guardase un luto ajeno cargando un coco que se me fue obsequiado. Me monto en el transporte público y para mi sorpresa el chofer, tras de ser nuevo era joven. Se veía fresco, como modelo de Proactiv. Habían como cuatro personas allá dentro.
Uno de ellos llamó mi atención. Era una mujer entre 40 a 45 años. Pero su apariencia física gritaba lo contrario, su comportamiento aseguraba lo anterior. Vestida como florero de mesa azul y rosada. Su pelo lacio y amarillo reflejaba un evidente crecimiento.
Más adelante en la calle Tapia mientras leí un texto asignado, se armó de valor y vocifero:
-¿Cómo estás?
A una pasajera que ardía en el fogón de la cocina. Todo el tiempo fue una “conversación lineal” con derecho a interferencia. Los pelos alborotados se elevaban por cada grito de aquella rubia.
Preguntó nuevamente:
-¿Estás bien? Al compás del palo de metal que bailaba en su mano izquierda.
Toda aquella muchedumbre se tragaba las sonrisas como una medicina de mal gusto. Llegó al clímax:
-¿Y Carmen? ¿Está bien?
-¡Sí!, respondían desde atrás en tono bochornoso.
Silencio total.
Intercambiamos miradas y me dio a entender que debía sacar papel y lápiz. Con una mirada confesó silenciosamente que deseaba ser la próxima protagonista.
Llegamos a Barrio Obrero y cerró el telón, le regaló la espalda a todo su público, los mismos que la vieron gritar por última vez.
¡Chequi, chequi, chequi!, ese famoso canto infantil.
Cogí mi coco y me fui.
martes, 5 de octubre de 2010
Humo y bendiciones
Un humo de cigarrillo que jugaba al travieso entró por mi ventana para indicarme que ella estaba cerca. Ese peculiar olor, entre lo quemao’ y el mentol ha estado presente en mi vida más que mi propio padre. Todo se recrea mientras engaño mi inteligencia, y la escucho a ella aunque no comprenda de qué o de quién me habla. Intenta pero fracasa al hablarme, “sí mami” le digo y entendió que la estaba ignorando. Se levantó como alma que lleva el diablo y balbució a viva voz:
-“Por eso es que no me gusta hablar contigo”, mientras se paseaba como una top model por la casa con cigarro en mano, según ella con fragancia a incienso de rosas. Yo por mi parte, le comenté a mi reflejo: “pues no me hables, total yo no conozco esa gente”.
Sacudió nuevamente las caderas en su pasarela y siguió hablando entre dientes.
Terminó su "incienso" en ocho sorbos y se plantó en el marco de la puerta. Me miró, la miré, fijó sus ojos otra vez y se me salió un "¿Qué pasó?"
- ¡Malcría! … exclamó
Después de varios minutos, aparecí sigilosamente como quien no quiere la cosa. Le regalé una sonrisa disfrazada de inocencia, me acosté en su cama y le dije:
- Tú te acuerdas cuando te ponías frente al espejo hacerte los rolos, y contemplabas tu belleza.
No finalicé el comentario cuando una mirada cortante se posaba ante mí, mientras me afanaba en localizar el residuo blancuzco que había dejado a en su travesía. Hablé una vez más y me ignoró. Jugó mi carta y probé de la taza. Conocí una mujer intacta, que no se conmovía por comentarios jocosos, capaz de desoír. Entendí, resigné y me fui.
- Bendición mami, me voy a dormir.
Repetí otra vez, “bendición mami”.
